Piru-ranch


Nuestra Historia

En 1998, mi abuela Pirucha Wallberg decidió comprar un pedacito de tierra en el tranquilo pueblo de San Francisco, en el departamento de Valle Grande. En ese momento había muy poquitas casas: era apenas un joven paraje que se usaba para descargar madera y víveres.

Pirucha, que era maestra y directora de escuela, conoció San Francisco gracias a una gran amiga y colega, Lucy Sánchez. Desde ese primer viaje soñó con tener allí una casita: un refugio donde reencontrarse con las personas queridas, compartir momentos simples y brindar calidez, risas y, por supuesto, mates con mucha azúcar.

Fotografías antiguas y escultura artesanal en pared rústica.

Mi papá, Jorge Wallberg, no dudó en acompañarla en ese deseo y se involucró por completo en el proyecto. Muchas de las cosas que hoy forman parte de Piru-Ranch —ventanas, puertas, camas— vienen de otras casas de la familia y encontraron acá una segunda vida. Así, con mucho amor y de a poco, el sueño de mi abuela se fue transformando en el lugar de encuentro de los fines de semana para familiares y amigos.

En 2015, junto a mi pareja Luis, decidimos continuar con la esencia con la que nació Piru-Ranch y abrir sus puertas a quienes quieran conocer San Francisco, disfrutar de las Yungas jujeñas y vivir una experiencia simple, conectada con la naturaleza y con lo esencial.

La abue Piru sigue presente en cada mate , en cada colibrí, en cada flor. Y nosotros seguimos cuidando este lugar como lo que siempre fue: una casa para compartir.

Una casa para compartir

Ofrecemos un espacio de encuentro, descanso y conexión con la naturaleza, manteniendo viva la esencia con la que nació este lugar: una casa pensada para compartir.